La ciudad que los ciegos ven




 



Recorren la ciudad a tientas. Sus dedos parecen antenas de insecto, siempre en movimiento, detectando todo a su paso. Sus oídos adivinan el caos dictado por los sonidos. Sus narices olfatean el estado de ánimo de los videntes. Imaginan la presencia de los otros. Cosechan pensamientos en voz alta. Leen en una ciudad no hecha para ellos y descubren en ésta la que nosotros no podemos ver.

Por Daniela Rea Gómez


El amor no es ciego

Manuel se enamoró de la misma mujer tres veces sin saberlo. Fue en el curso de guitarra cuando la vió la primera vez. "La vi", precisa, en un reclamo del verbo para ellos, los ciegos.

Ella golpeaba el dorso del instrumento a ritmo de bolero. Veni, le decían. Después, fue la voz de Ventura que le llamó en el curso de italiano en la Escuela Nacional de Ciegos Ignacio Trigueros.

La tercera fue en clase de braille. La maestra puso en sus manos, la regla y el lápiz y le enseñó a escribir su nombre con esos diminutos orificios sobre el papel. Poco a poco, Manuel reconoció a las tres mujeres en ella.

"Me enamoré de su voz y sus ganas de luchar. Si no fuera ciega, lo hubiera escogido por las mismas razones", relata Ventura, sentada junto a Manuel en el comedor de su casa.

Manuel Fuentes y Ventura Cuenca se casaron hace 14 años. El perdió la vista a los 18 por retinopatía diabética. Ella a los 17 años por uveítis, se le inflamó la capa media del ojo, ésa que lleva la sangre al globo ocular.

Él trabaja en Gamesa desde 1998 y es responsable de capacitar al personal. Ella es ama de casa. Son padres de dos niños, David Alejandro y Manuel, de 14 y 13. "Cuando nació David los doctores me quisieron operar para que no volviera a tener hijos, no imaginaba a una madre ciega", cuenta una Ventura compresiva hacia quienes los conciben como diferentes.

A primera vista, la casa de Ecatepec donde víven parece deshabitada. Salvo dos fotografías colgadas en la pared de la sala, no hay más adornos en este cuarto. Una es la imagen de su boda. Ventura viste de blanco. Su mirada se pierde camino al techo. Manuel porta traje negro y lentes del mismo color. Sus manos se tocan con intimidad. Fueron retratados en un pedazo de bosque de papel en el interior de un estudio fotográfico. Nunca han visto esta imagen.
La otra fotografía es de Manuel saludando al ex presidente Ernesto Zedillo, durante el estreno de las computadoras parlantes en empresas privada.
En las paredes no hay fotos de sus hijos "Ni las vamos a ver, la de Zedillo está porque mi esposo es medio presumido", bromea Ventura.

Pareciera que en esta casa no hay nada que ver. Muros blancos y desnudos, muebles oscuros y sin adornos. Pero si uno cierra los ojos, podrá sentir en las paredes las pequeñas heridas hechas por el roze de los bastones, las marcas que dejan impresas, las huellas de los otros. Aquí se anda a tientas. Aquí, casi siempre los focos se encuentran fundidos.

Con trucos resuelven el día. Ventura le cose botones de distintos tamaños a los pantalones para saber de quien son. Guarda los condimentos en frascos de distintas formas para guisar. Manuel pegó un ladrillo en la banqueta para identificar su casa entre las 18 idénticas que hay en la vecindad.

Contrucos también educan a sus hijos. Ventura le amarró cascabeles a Manuel para no pisarlo cuando gateaba.Aprendio a detectar la temperatura corporal de sus niños para encontrarlos cuando se escondían.

Los niños, en cambio, se resignaron a mirar a sus padres en su versión vitalicia de los 80, la última década que les regaló imágenes. ¿Cómo lograr que un niño imagine un mundo más allá de sus ojos? ¿Cómo explicarles la ceguera?

Un día, recuerda Ventura, cuando su hijo mayor regresó de preescolar le pidió que nunca más fuera por él a la escuela. Según sus amigos, su mamá era tonta porque con todo chocaba.

Entonces Ventura tomó un pañuelo y le vendó los ojos. Le dijo que fuera a la cocina, al baño, a la sala. David Alejandro, su hijo, tropezó con los muebles, las puertas, los muros. Se desesperó. Tuvo miedo.

- ¿Tú también eres tonto?- preguntó.
- No mamá, choco porque no puedo ver.
- Yo tampoco puedo ver - le contestó mientras desamarraba a tientas el pañuelo de su cara.

Esa fue la primera vez que Ventura le habló a su hijo de la ceguera.



El cuerpo a tientas

Como Angélica recorre con sus manos el cuerpo de él, uno se siente obligado a teclear estas palabras con los ojos cerrados.

Angélica vio por última vez a los 12 años. "Fue un mal de familia, mis tres hermanos son ciegos", platica mientras palpa la espalda de él, su cliente, en el centro de masajes que comparte con sus otros dos compañeros ciegos: Sara, de Chihuahua y Martín, de Oaxaca. Los tres se graduaro de la Escuela Nacional de Ciegos Ignacio Trigueros, fundada hace 135 años y que fue tomada por los alumnos en el 2005, pues con capacidad de atender a mil estudiantes, sólo atendía a una décima parte.

Al salir de la escuela, abrieron un local de masajes. Los tres cuartos, la recepción, la sala y el baño son una especie de laberinto que ya memorizaron y recorren arrastrando los pies.

Él, su cliente, está tendido boca abajo, semi desnudo, frente a Angélica. Al cerrar sus ojos, apaga la luz del atardecer que alcanza a entrar por la ventana. Sólo entonces, todos convertidos en ciegos son capaces de mirar lo mismo. Con su aliento, Angélica calienta sus manos y las hace flotar sobre la espalda para relajarle los músculos, como si así le derritiera la ansiedad, la prisa.

"Los ciegos no podemos construir el mundo a partir de la vista, pero tenemos el resto del cuerpo para acercarnos a el", dice Angélica.

¿Cuál es el rostro que Angélica le pone a su cliente? " Somos ciegos, no adivinos. No es que tengamos un oído o un tacto más desarrollado. Percibimos, igual que ustedes. Y si nos apagan la luz, podemos ver a través de la manos, los oídos, la nariz, la piel, los dedos... ".

Él está quieto. Angélica mira con los ojosa de sus dedos, un rincón de la espalda baja del hombre acostado frente a ella. Palpa centímetro a centrímetro. En un roce, él reacciona. Angélica acaba de descubrir una partede su cuerpo que él mismo desconocía.


Nunca Mirarse

Rodrigo y Ricardo son hermanos gemelos. La escuela del primero está a dos horas de camino: microbús, metro, microbús, caminar. La del segundo apenas a dos cuadras. Rodrigo es ciego. Un error humano lo dejó así.

Los niños, que ahora tienen 10 años, nacieron de 7 meses y a Rodrigo lo pusieron en una incubadora con menos oxígeno. Sus ojos nunca terminaron de formarse.

Estudia en el Instituto Nacional para la Rehabilitación de Niños Ciego y Débiles Visuales, el único para atender a niños invidentes en la ciudad más grande del país.

La mayoría de los 133 estudiantes son de provincia. La mayoría, también nació ciega. Para ellos, a diferencia de quienes perdieron la vista en algún momento de su vida, ver o no ver no tiene sentido.

Acaba de terminar la clase de colores, pues aunque nunca podrán saber cómo es el naranja o el azul, deben aprenderlos porque es el lenguaje de este mundo y solo así podrán integrarse a el, explica Miriam Fuentes, maestra de integración.

Esteban va en quinto de primaria,m con rodrigo. Es la hora del recreo y juega con dos compañeros más en el sube y baja color rojo, su favorito.

"Me gusta porque es el color de las manzanas, y del cabello de mi mamá. Cuando crezca voy a ser pintor, y voy a pintar todas las paredes de ese color".

También está en el patio, Daniel. Tiene 14 años y va en sexto grado. Nació ciego. Su enfermedad: retinopatía prematura.

"Camino a la escuela huelo el humo, escucho el ruido de los camiones, la voz de las personas... ¿Yo cómo me imagino? Pues normal, delgado, cabello lacio y negro, pero no se cual es el color de mi piel", dice.
¿Cómo te imaginas a las personas? ¿Cómo son las calles que caminas? ¿El brillo de los colores?
Daniel voltea hacia arriba y funde sus ojos blancos con el techo del mismo color. No responde. Las preguntas insisten. Daniel se inquieta. Razca su cabeza y la gira hacia los lados buscando un pretexto para salir del salón de clase y regresar al recreo con sus compañeros.Suspira y se rinde. No sabe las respuestas porque nunca le han interesado. No sabe explicar que para él no tiene sentido eso que a otros, a los videntes, les preocupa tanto.

"No sé que es ver, no me lo imagino. Es como ustedes, nunca podrán volar", responde con la mirada fija en el techo.

Afuera, en el patio, Rodrigo parece volar: corre y no topa con nada. Sabe que su hermano Ricardo es casi idéntico a él: ojos grandes, nariz chata, algunas muecas al hablar.

Son las manos de Rodrigo las que notan diferencias: "Ricardo es más desesperado, respira aprisa y el corazón le corre adentro".

Con la naturalidad propia de un niño, Rodrigo explica porque es ciego: el ojo es la última parte del cuerpo humano en formarse, y la primera en descomponerse por la edad.

"A lo mejor cuando nos hagamos viejitos, mi hermano y yo volveremos a ser completamente iguales"



El mundo que palpan

Cada mañana, de la mano de su bastón, Priscilo sale de casa en un salto de fe. Dar un paso, colocar una mano, suponer el mundo.

Palmo a palmo, recorre vagones de metro con su acordeón, así sobrevive. Por las tardes, llega a la vecindad de los ciegos. Un edificio antiguo y abandonado, ubicado a espaldas de Palacio Nacional, cuyas vigas de madera sostienen techos carcomidos. Paredes grises y despostilladas lo delinean. Olores agrios por la humedad y los orines lo adivierten.

A ese basurero de los otros llegan Priscilo y sus compañeros a jugar dominó. Su pasos arrastrados se confunden con el ruido de las ratas rasgando las paredes.

Suben 48 escalones y se acomodan en las bancas, ordenados, en fila.

Cada uno tiene su lugar. "Ya llegaron Teresa, Martha, Jorge, El Acámbaro y Juan", dice Priscilo, reconociéndolos por su voz.

Teresa, de 77 años, pide limosna afuera de Catedral; Martha, de 69, vende chocolates en la Merced; Jorge, de 58, encendedores. El Acámbaro, recién perdió su trabajo. Juán toca la armónica en el metro; Priscilo también, hasta hace 5 años arreglaba radios de bulbo. Así, sin ver.

Huele a tinta y grasa de zapatos. Acaba de llegar Loreto, el bolero. En un ritual, los ciegos esperan su turno. La primera es Teresa. Los demás, siguen en el dominó.

"La gente piensa que somos una plaga porque chocamos con todos. Y si nos ven sucios, lo van a pensar más", concluye mientras Loreto limpia sus tenis imitación adidas.

Priscilo cierra la jugada con la mula del 3. "Los ciegos quieren ser vistos", dice. Él, que perdió la vista a los 12 años a causa de oncocercosis, "la ceguera de los ríos", ha dedicado su vida a ello.

Que Priscilo, originario de la comunidad chiapaneca Oxchun, fuera ciego era predecible desde que nació. No sólo para él, sino para la mayoria de los niños de la Sierra Mixe de Oaxaca y los Altos de Chiapas, donde hasta hace 10 años, era normal que 7 mil personas padecieran oncosercosis.

A principios de siglo, en esa región, lo primero que aprendían los niños después de caminar, era a caminar con los ojos vendados. Así cruzaban el cerro porque tarde o temprano serían contagiados por el mosco.

Para él, laceguera es otra forma de ver la vida, como lo había escrito el ciego Jorge Luis Borges, "yo, que he perdido el querido mundo de las apariencias, debo crear otra cosa, lo que sucede al mundo invisible".

Las imágenes de su pasado están fotografiadas en su cerebro, y en sus sueños ve todo lo que despierto ya no puede. Siempre son los mismos cuadros: la familia, los árboles vistos desde abajo, su propio rostro de 12 años, desgastado frente al espejo.

En cambio, los ciegos que nunca han visto, como Teresa, sueñan voces, olores, texturas. La noche no existe para ellos.

En esa vecindad, la ciudad de los ciegos, ciego es el que ve. No es nada saber el color de las paredes si se sienten frescas. Tampoco ver las gotas de agua reventadas en el patio, cuando se escuchan rebotando en el tejado.

No es necesario ver a Loreto entrar por la puerta, si el olor de la grasa de zapatos subió las escaleras antes que él; o asomarse al balcón para ver la calle vacía de puestos ambulantes, si la ausencia de los gritos permite escuchar el aire barriendo los restos del día que se fue. La vista ni siquiera garantiza ganar el dominó. Esta es la ciudad invisible a los ojos, la ciudad que los ciegos ven.

  

 









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