GERMÁN DEHESA
TENER ÁNGEL
La culpa iba y venía, podía ser de todos, podía ser de nadie, podía ser de la
fatalidad, de los médicos, de la genética: podía ser una prueba que Dios enviaba. Yo
tendría seis años y oía todo esto y, bien a bien, no entendía nada. Lo único real que
miraba en mi casa era el sufrimiento de mis padres y, en particular, el sufrimiento de mi
hermano. Anoxia cerebral, parálisis progresiva, epilepsia atípica fueron expresiones que
muy pronto ingresaron en mi vocabulario.
A los seis años mi imaginación no alcanzaba a abarcar lo que sucedía y tampoco podía
prever que la agonía, la gradual consunción de mi hermano, duraría todavía 30
años.
Tampoco entiendo (probablemente no quiero entender) por qué fui yo, precisamente yo, el
que muy bíblicamente fui designado guardián de mi hermano, pero así fue. Nadie me
consultó, nadie me pidió permiso; simplemente una tarde, un doctor bastante amable, me
notificó, que por el bien del resto de la familia, a mi me tocaba “ver” por mi hermano.
“Ver”, desde entonces y hasta ahora la expresión me suena entre curiosa y terrible. Ver
por alguien es convertirse en sus ojos, en su conexión con el mundo, en el alimentador de
sus sueños, sus deseos y, llegado el momento, convertirse en su palabra.
Todo esto se va
asimilando paso a paso. Si alguien lo entendiera de golpe en su totalidad difícilmente
aceptaría un compromiso así, que casi implica vivir dos vidas. Mi hermano ha muerto ya y
yo esto a punto de cumplir 53 años. Hoy hago este nada fácil ejercicio de memoria y caigo
en la cuenta de que aquella “carga terrible”, aquel “misterioso castigo” fue quizá el
reto más grande y jubiloso de mi vida.
Mi hermano perdió muy pronto el habla, yo tuve que
aprender a hablar con mi voz y a imaginar la respuesta del otro. Ahora escribo teatro y
la gente me dice que la vida me ha bendecido con el don del diálogo. Mi hermano tenía
episodios de enorme agresividad y violencia; yo tuve que aprender a hablar con suavidad y
a encontrar en la vida esas cosas tan graciosas que hacen sonreír al más iracundo. La
gente ahora me dice que la vida me ha bendecido con el doble don de la facilidad de
palabra y el sentido del humor.
Mi hermano era un espectador muy exigente que, a
diferencia de los bobos que se creen las tonterías de las telenovelas, exigía historias
verosímiles, bien contadas, con personajes cargados de humanidad y con desenlaces
oportunos y satisfactorios. Pronto las historias de la familia resultaron insuficientes y
yo tuve que dedicar largas noches a la lectura para aprender el difícil arte de contar y
de mezclar con justeza fantasía y realidad.
Hoy la gente me felicita porque dice que la
vida me concedió el don de la narración. Si la gente supiera. Si la gente supiera que
todo esto que en mi nombra como dones y bendiciones de la vida son el resultado de
cultivar durante treinta años el misterioso, difícil y gratísimo amor de mi hermano.
Mi hermano murió a los 37 años, se llamaba Ángel y tenía los ojos verdes más hermosos que
he conocido.
No fue una desgracia, no fue una maldición y yo espero, con mi vida, hacer evidente que
el paso de ese Ángel por la existencia ni fue absurdo, ni fue inútil.
Germán Dehesa
1998.
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