PALABRAS
PALABRAS DURANTE EL HOMENAJE A GILBERTO RINCÓN GALLARDO
SECRETARÍA DE RELACIONES EXTERORES
8 DE SEPTIEMBRE DE 2008
Buenas tardes. Señora Secretaria, querida Silvia, amigas y amigos todos.
Es difícil hablar del gallardo Gilberto Rincón Gallardo en unos minutos. En los días posteriores a su partida, se han escrito y escuchado muchos comentarios sobre su vida, sus luchas y su obra.
Qué buen lugar para recordarlo. Con los funcionarios de la Secretaría de Relaciones Exteriores, se relacionó estrechamente en los últimos años y más en sus últimas semanas de vida, porque estábamos preparando la promoción de su candidatura al Comité de Seguimiento de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de Naciones Unidas; de la cual era “el padre” como lo señaló el Embajador Don McKay, Presidente del Comité Especial, durante su intervención –previa a la de Gilberto- en el Consejo de Derechos Humanos el pasado 6 de junio en Ginebra.
En su homenaje, quisiera traer algunas de sus tantas facetas.
Para recordar sus luchas políticas, cito las palabras de Adolfo Sánchez Rebolledo, destacado académico, hombre de izquierda –como Gilberto- quién se refirió a él así el viernes pasado en un artículo periodístico: Conciliador con los suyos, dialogante con el adversario, contrincante inteligente, humanista ajeno al dogmatismo, voz singular en la aridez del socialismo mexicano. Prudente y mesurado, cultivó una rebeldía sin estridencias, una voluntad incansable que le permitió resistir con estoicismo las pruebas más severas de la vida y abrirse camino. Hombre de causas, fue una buena persona, no un santón, un militante con aciertos y equivocaciones, un político por vocación. Hasta aquí la cita.
Es sabido que Gilberto venía de luchas anteriores donde dejó la huella de su carácter perseverante y crítico y que sus últimas actividades fueron las relacionadas con la Comisión Ciudadana de Estudios contra la Discriminación y el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, donde consolidó su trabajo formal en contra de ese flagelo. Él amaba tanto la vida que quería, como corolario de la misma, alcanzar una sociedad sin discriminación. En esa lucha Gilberto fue capaz, entre otras cosas, de enfrentarse a las cabezas más conservadoras y recordarles, con la valentía que le caracterizaba: que en México había más de una iglesia; que el respeto al Estado laico era justamente lo que hacía posible la libre expresión de cualquier credo; que como parte de los derechos humanos estaba el hablar claro y sin miedo sobre preferencia sexual y que ni esas cabezas, ni nadie, lo obligarían a cejar en su lucha por alcanzar un México realmente democrático. Y así fue hasta su último aliento.
Respecto a la defensa de los derechos de las personas con discapacidad, su obra se lee en su vida y en la Convención. Convenció al Presidente Fox para que México la planteara ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Lo logró, y fue el propio Gilberto quien en Durban, Sudáfrica, la propuso por México el 2 de septiembre de 2001. Trabajó activamente en todo el proceso de elaboración y aprobación del tratado, representó a México en todas las ceremonias que tuvieron que ver con él: la aprobación por el Comité Especial, por la Asamblea General, la apertura a firma, las celebraciones por la entrada en vigor en Nueva York y en Ginebra este mismo 2008 y venturosamente alcanzó a recibir con gran emoción, su nombramiento como candidato de México al Comité de Seguimiento, que fue apoyado decididamente por más de 400 organizaciones de de personas con discapacidad.
Este día, 8 de septiembre de 2008, Gilberto había convocado a las organizaciones de la sociedad civil, a quienes quería dirigirse en primer lugar, como parte de la promoción de su candidatura, a ellas antes que al Cuerpo Diplomático, antes de las reuniones de alto nivel en Nueva York y en Ginebra, antes que a nadie, porque estaba convencido que era con las personas con discapacidad, junto a ellas y por ellas por quien debía trabajar si nuestro país era elegido para integrar el Comité. Celebro que el Embajador Gómez Robledo y Covadonga Pérez a nombre de muchas personas con discapacidad, hayan decidido convertir esta cita -a la que Gilberto ya no nos pudo acompañar- en un homenaje.
Fue un privilegio compartir tantos y tantos momentos con Gilberto, presenciar las constantes expresiones de amor que se prodigaban él y Silvia su esposa. Los amorosos –poema de Sabines- parecería haberse escrito para ellos. El próximo 11 de octubre cumplirían 48 años de casados, pero eran más que un matrimonio, juntos, comunicados, atentos uno al otro, eran cómplices, socios de vida, amantes, siguiendo con los poetas, ahora Benedetti: en la calle, codo a codo, eran mucho más que dos.
Gilberto bailaba danzón como un profesional, era un excelente chef, sabía disfrutar la vida y defenderla. Amaba a sus hijos y a sus queridos nietos profundamente. Fue conmovedor escuchar a Diego, el mayor de ellos, revivir en el funeral una competencia que practicaban por saber cuál amaba más al otro. Ahí le dijo: abuelo, te quiero una vez más de la ultima que tú digas.
Aprendí de Gilberto tantas cosas que sería difícil ennumerarlas. Durante las incontables veces que me reuní con él en la oficina o con motivo de los viajes de trabajo en que tuve el honor de acompañarlo dentro y fuera del país, era una delicia escuchar su fuerte, entonada y bien timbrada voz al relatar episodios de su vida. Las terribles experiencias de su paso por la cárcel, sus reuniones de conciliación con Lucio Cabañas, cuando propició el diálogo entre comunistas y católicos de la teología de la liberación, -porque él buscaba reunir a la gente de bien, fuera de la tendencia que fuera-; su larguísma conversación con Fidel Castro en los años sesenta, la tremenda emoción que vivió el día en que su generosa esposa logró recuperar la casa de su infancia que creía perdida para siempre y en dónde desde entonces y hasta su muerte vivió, las experiencias durante su ardua campaña como candidato a la presidencia y tantos y tantos episodios de su interesante vida. Siempre le dije que yo debería tener una grabadora para ponerla a andar cuando él empezara a hablar. Nunca lo hice. Se me fue el tiempo, como tantas cosas que uno piensa hacer y no hace y luego… se arrepiente, porque ahora esa persona extraordinaria y generosa ya no está más aquí.
Sin embargo, me alegra haberle dicho en incontables ocasiones lo mucho que lo admiraba, que tenía una sonrisa preciosa que me inspiraba. Y tener la satisfacción de que este hombre, sabio y sencillo, haya escuchado y seguido alguna vez mis consejos, ¡cuando el que tenía que aconsejar era él!
Me quedan los recuerdos, que me acompañarán para siempre; me dirán que no son sólo míos, que son de todos. Es cierto, todos tenemos maravillosos recuerdos; unos más íntimos y cercanos, como Silvia, Ernesto, Martín, Lídice y sus nueve nietos. Otros, sus compañeros de lucha política tendrán algunos diferentes. Pero todos los que coincidimos con él en alguna época, podremos decir con orgullo: lo tuve cerca, bebí con él una copa de vino, compartí sus luchas, disfruté de sus remembranzas, sin duda todos diremos: aprendí de su vida única e irrepetible.
Yo lo quise mucho, fue mi maestro, mi jefe, mi amigo, lo respeté, lo admiré y lo llevaré en mi mente y en mi corazón toda mi vida.
Gilberto: Por tu legado incomparable, por tus enseñanzas, por tu lucha inagotable, por tu amor a la vida, por los hermosos años que la vida nos dio el privilegio de compartir contigo, te damos las gracias.
Amalia Gamio.
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